jueves, 30 de octubre de 2008

El adiós de uno de los presidentes más impopulares de la historia

Washington, oct (EFE).- El presidente de EEUU, George W. Bush, que inició su mandato bajo la sombra del 11-S y lo cierra bajo el peso de una desastrosa crisis económica, se marchará como uno de los mandatarios más impopulares de la historia. Bush, que abandonará el cargo el 20 de enero, dejará a su sustituto, sea el demócrata Barack Obama o el republicano John McCain, numerosos problemas pendientes de resolver y una población muy descontenta con el derrotero actual.

El problema más acuciante, sin duda, será la crisis económica, que condicionará el comportamiento del nuevo presidente al menos durante su primer año en el poder, si no los dos primeros.

Bush se ha prodigado en intervenciones públicas sobre la marcha de la economía, pero su gran impopularidad ha impedido que sus declaraciones hayan hecho mucho por tranquilizar al electorado.

El presidente ha sido uno de los principales promotores del plan de rescate financiero valorado en 700.000 dólares. La Casa Blanca ha indicado que está abierto a una segunda iniciativa para estimular la economía, similar a la que hace unos meses devolvió cerca de 158.000 dólares en impuestos a los contribuyentes.

La idea es estimular el consumo para que reactive la economía en momentos en los que los contribuyentes optan por el ahorro ante el temor a una recesión.

Pero ello contribuiría a agravar un déficit fiscal que ya alcanza los 454.800 millones de dólares.
Está claro, por lo tanto, que el próximo presidente tendrá que tomar duras decisiones fiscales y, a todas luces, recortar partidas presupuestarias y promesas electorales incumplibles.

No será la única decisión complicada que aguarde al sucesor de Bush en la Casa Blanca en sus primeros meses en el cargo.

Aún no está cerrado el acuerdo con el Gobierno iraquí sobre el futuro de las tropas estadounidenses en el país árabe, que según se ha filtrado legalizaría esa presencia para los próximos tres años.

La Casa Blanca asegura que esas negociaciones avanzan con fluidez, y Bush, que dejará en la guerra en Irak su legado como presidente, espera poder completar el pacto antes de su marcha.
Pero corresponderá a su sucesor determinar cuándo y cómo esos soldados, en la actualidad en torno a los 140.000, regresarán a casa.

Obama es partidario de una retirada gradual a lo largo de un año y medio, mientras que McCain no descarta una presencia a largo plazo.

Otra gran "patata caliente" que Bush dejará a su sucesor es qué hacer en Afganistán, donde el movimiento talibán ha resurgido y donde la red terrorista Al Qaeda ha encontrado refugio en la zona fronteriza del noreste de Pakistán.

Obama y McCain discrepan sobre cómo actuar ante ese problema y, mientras el demócrata se ha mostrado partidario de intervenir en Pakistán si es necesario, el republicano se ha burlado de esa posición.

El presidente de EEUU también se ha comprometido a resolver antes de abandonar su residencia en el número 1600 de la Avenida Pensilvania la obtención de un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos, algo que parece cada vez más improbable.

La dimisión del primer ministro israelí, Ehud Olmert, por un escándalo de corrupción, ha estancado aún más unas conversaciones de paz que este año ya habían logrado de por sí mínimos progresos.

Es posible que Bush tampoco logre resolver en los dos meses y medio de mandato que le restan la aprobación en el Congreso de los tratados de libre comercio pendientes con Colombia, Panamá y Corea del Sur.

Pero a largo plazo, la mayor tarea que el presidente estadounidense dejará a su sucesor será la de restablecer el prestigio de EEUU en el exterior -muy disminuido a raíz de la guerra en Irak- y la ilusión al electorado.

Tan sólo un 23 por ciento de los votantes aprueba la gestión de Bush, el nivel más bajo en la historia del instituto Gallup y un punto por debajo del que tenía Richard Nixon cuando dimitió por el escándalo Watergate.

Apenas un 9 por ciento, según las encuestas, cree que el país va por el buen camino.
Recuperar el optimismo entre los estadounidenses será, a todas luces, una tarea difícil.
El próximo presidente, sin embargo, tendrá algo a su favor para lograrlo: no será Bush.

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